La muerte, una etapa en la sucesión de las vidas
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Las «faltas» y los actos virtuosos del individuo se tienen en cuenta en su destino postumo. La imagen del samsara sirve de fundamento a una teología de la salvación; el hindú tiene como objetivo único escapar a la reencarnación, librarse de ella para alcanzar el fin supremo de la existencia, la vuelta al principio supremo, la fusión con el absoluto, la unión del atma y el brahmán.
La muerte en estas condiciones sólo es una etapa en la sucesión de vidas por las que el hindú pasa antes de alcanzar la felicidad. Así la muerte del ser humano, en la tradición hindú, se asemeja a lo que acontece en la naturaleza, en el tiempo y en las estaciones.
El organismo humano es análogo al cosmos. Las partes duras del cuerpo corresponden a la tierra, la palabra al fuego, etc. El cuerpo está hecho así a imagen del gran cuerpo divino, él es su microcosmos.
El ritmo de la vida y de la muerte del individuo se parece al gran ritmo cósmico de la manifestación del brahmán y de su disolución en la serie de creaciones y desapariciones de universos.
La creación es un tránsito de lo no manifestado a lo manifestado.
Los hindúes consideran así la aparición y la desaparición del mundo como fenómenos no únicos, sino cíclicos. Para ellos, el tiempo fluye en ciclos. El más corto, el día, hace de modelo para los demás. Empieza con la luz de la aurora para acabar a la noche, poblada por los demonios. Y esto mismo se repite con los meses, las estaciones, los años...
Los días que median entre la luna nueva y la luna llena son días buenos. Son los días consagrados a los dioses. Los días siguientes son los días en honor de los muertos y los demonios.
Los meses lunares se incluyen en un ritmo anual solar análogo: las estaciones se suceden de la misma manera. Al período invierno/primavera, la estación de las siembras, de las peregrinaciones, de los casamientos, le sigue el tiempo caluroso del estío, en el que aparecen las enfermedades y se asiste al agostamiento de la vegetación.
Por último, el período de los monzones se percibe como la noche, como el diluvio del fin del mundo, pero que anuncia también la continuidad... El desorden después del orden, la naturaleza sigue su ritmo. Existe el tiempo de la vida, luego el de la muerte, para volver de nuevo a la existencia.
En el origen de la idea indoeuropea de la supervivencia estaba la idea de la conquista de la inmortalidad, que suponía un estado definitivo y permanente de juventud y vida. Pero a partir de los Upanishads, sólo es cuestión de una sucesión ininterrumpida de vidas y muertes.
Aun admitiendo que el brahmán es omnipresente, y que el atman es idéntico a él, se admite que el nacimiento, la vida y la muerte del hindú pertenecen a esta realidad terrestre que no es más que la apariencia de la verdadera realidad, la cual no conoce ni nacimiento ni muerte, ya que, por definición, es la existencia verdadera, la esencia de las cosas y los seres.
Con los Upanishads, entonces, hemos pasado a una cultura dualista que insiste en la dualidad del ser humano. El hombre, por su atman, es considerado un ser inmortal y, al mismo tiempo, un ser dependiente y condicionado por su envoltura material.