La vida después de la muerte
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En la perspectiva cristiana, el fin de los tiempos está marcado por la llamada de todos a la vida: «Como todos mueren por Adán, todos recobrarán la vida por Cristo» (1 Cor 15, 22ss), y ese retorno de todos a la vida significa la destrucción de la muerte. «El último enemigo en ser destruido es la muerte» (1 Cor 15, 26), escribe en otra de sus cartas San Pablo.
La misma afirmación se encuentra en el último libro del Nuevo Testamento, el Apocalipsis de San Juan: «Muerte y Hades (es decir, el nombre griego del lugar donde, según los hebreos, habitan los muertos) devolvieron sus muertos, y cada uno fue juzgado según sus obras. Muerte y Hades fueron arrojados al foso de fuego (ésta es la muerte segunda, el foso de fuego)» (Ap 20,13-14). El autor dice a continuación que «quien no esté inscrito en el libro de la vida será arrojado al foso de fuego» (Ap 20,15).
¿Cómo se puede comprender este versículo? El libro de la vida significa lo que vive en Dios, en la eternidad; lo que no está escrito en el libro de la vida correspondería entonces a lo que no vive delante de Dios, lo que no es «auténtico», lo que no está vivificado por el amor divino, lo que no es real por así decirlo, puesto que sólo puede tener realidad aquello que está unido a la vida divina, que es todo Amor.
Es lo que San Pablo quiere decir en el capítulo 13 de la Primera Carta a los Corintios, texto que es un verdadero himno al Amor: lo hecho sin amor no vale para nada; los conocimientos, las profecías, las lenguas desaparecerán, porque son realidades relativas y limitadas. Sólo «el amor no desaparece jamás [...] Ahora estas tres cosas permanecen: la fe, la esperanza y el amor, pero el amor es el más importante».
Se puede evidentemente hacer la siguiente pregunta: ¿cuál es la condición de los muertos en esa espera del juicio al final de los tiempos? Sobre este tema, la enseñanza de los autores del Nuevo Testamento es muy lacónica. San Pablo, por ejemplo, se contenta con afirmar: «Como es destino humano morir una vez y después ser juzgado» (Heb 9,27). El juicio del que se habla aquí es el último Juicio, el que tendrá lugar al final de los tiempos, «cuando todo quede sometido a Dios» (1 Cor 15, 28).
Parece, entonces, que para los difuntos, en el pensamiento paulino, no haya duración entre la muerte y el juicio, no teniendo sentido las nociones de tiempo y duración más que para aquéllos que están en la vida «carnal». La muerte, además, es con frecuencia evocada en la sagrada Escritura como un sueño, es decir, un estado transitorio sin la conciencia del tiempo.
Dicho esto, los interrogantes sobre la vida post mortem no han dejado de plantearse a lo largo de los siglos.
¿Cómo imaginar el estado del alma después de la muerte a la espera del juicio final y de la resurrección? Con la ayuda de los datos patrísticos (el estudio de los Padres de la Iglesia), se distinguen tres maneras de ver el problema entre los teólogos.
Están primero aquéllos que afirman que las almas de los difuntos no sufren nada.
A continuación están aquéllos que admiten que los difuntos sufren o pueden sufrir. Es la teoría del purgatorio que los católicos defienden. En la teología ortodoxa, el acento se pone en el aspecto purificatorio y no expiatorio del sufrimiento. Dios perdona los pecados sin exigir «penalidades expiatorias» porque Cristo, que quita el pecado del mundo, es el único rescate y el único pago.
El sufrimiento experimentado no sería otra cosa que la toma de conciencia hecha por el alma de su pecado (debilidad, ceguera, egoísmo, aberraciones...), es decir, de lo que ella es en verdad como resultado de la vida que ha llevado. Por así decir, es el «juicio particular» que el alma se hace sin complacencia ni hipocresía, un juicio auténtico hecho a la luz del amor divino.
Y, por último, están los que dejan el problema en suspenso, carente de certezas, porque los evangelios son muy discretos al respecto. Un día que San Antonio, el ermitaño, se atormentaba con estas cosas oyó una voz que le decía: «Presta atención a lo tuyo, Antonio, porque esas cosas pertenecen al juicio de Dios, y no eres tú el que las tiene que dilucidar».