La vida eterna
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Se asocia con frecuencia esta vida nueva, después de la resurrección de todos, con la vida eterna. La eternidad no tiene que oponerse al tiempo. No es contraria a él. Lo mismo que el cuerpo resucitará y será transfigurado cuando acontezca la Parusía, es decir, la segunda venida de Cristo al final de los tiempos, así también se puede pensar que el tiempo se transfigurará, como todo lo creado.
La perfección de la vida eterna, lo que se ha convenido en llamar «el paraíso» en referencia al estado original del hombre previo a la caída (siendo «paraíso» una palabra persa que significa «el jardín»), es entonces un eterno recomenzar que se puede vivir desde esta vida, antes de la muerte. La vida eterna se ofrece en este mundo a todos. Puede experimentarse desde ahora.
Ya ha comenzado, y así lo afirma San Juan: «A nosotros nos consta que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos» (1 Jn 3,14).
Cuando Cristo dijo: «Quien cree en mí tiene vida eterna y yo le resucitaré en el último día», afirma que nuestro destino se goza en el momento presente (esto puede aplicarse también al concepto de juicio, que, de alguna manera, pertenece a la categoría del presente) y que, misteriosamente, la vida eterna la experimenta cada uno de nosotros aquí y ahora en la fe en aquél de quien San Pedro dijo: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú dices palabras de vida eterna» (Jn 6, 68).
Esto quiere decir que el misterio de la resurrección y la vida eterna no se debe disociar de la existencia que cada ser humano vive concretamente en la autenticidad, en la fidelidad a los valores esenciales del hombre y, por consiguiente, en la lucha contra todo lo que conduce a la torpeza, al embotamiento interior, a la «disipación», tan bien descrita por Pascal, y a la tentación de desviarse de la condición humana y sus exigencias.
Está claro que, dentro de esta óptica, uno no puede pensar la muerte como un puro destino. Algo semejante se encuentra en el enfoque de los filósofos personalistas cristianos. Por ejemplo, Gabriel Marcel subraya «el escándalo que hay, para una filosofía que constituye el ser del hombre como futuro, en aceptar como último destino un hecho que lo transforma en pasado puro.
Sólo puede llevarnos allí, no una evidencia, como se pretende, sino una negación activa de un amplio aspecto de la experiencia: la eternidad que implican todo amor y toda fidelidad».
En este sentido la fe en la resurrección no es del género de la creencia pasiva, es una opción de vida, un elección de existencia comprometida que rechaza todas las dimisiones ante las exigencias de la vida.