La dieta del Dr. Dukan

 

Oraciones Temas

Los hindúes, la vida y la muerte

linea

En la mentalidad de los hindúes, la identidad religiosa es inmemorial; la religión siempre ha existido y seguirá existiendo. Ella es la Ley eterna y permanente de las cosas: la Sanatana Dharma. Para ellos, no existe ni principio ni fin. No se puede pensar en un origen de su religión, cuyo fundador humano desconocen, y esto trae sus consecuencias con respecto a la idea que los hindúes se hacen de la vida o la muerte.
Lanza del Vasto, fundador de la comunidad del Arca, relata una anécdota en su libro La pereginación a las fuentes: «Peregrinaba yo -nos cuenta- acompañado por un amigo brahmán. Un día me confesó que tenía 73 años. Pero es que, al día siguiente, me dice que sólo tenía 35. Me sorprendí, y le expuse mi extrañeza por un rejuvenecimiento tan singular en un solo día. Mi amigo se quedó impertérrito. Así vine a comprender -prosigue Lanza del Vasto- la indiferencia con que los hindúes viven el paso del tiempo».
Los hindúes, la vida y la muerte
El hindú se siente viajero en un camino sin término. La vida terrestre actual sólo es un paso, un paréntesis precedido y seguido por otros. Esta religión, que aparece en la India a la llegada de los pueblos indoeuropeos en torno al 2.500-1.500 antes de J.C., arraigó en las culturas autóctonas de ese país. Se enriqueció con las diferentes prácticas que encontró entonces y andando el tiempo. Así, las principales etapas de la vida del hindú se celebran con ritos: los del nacimiento, del matrimonio, de la muerte.
La religión hindú se ha transmitido siempre oralmente por la recitación de los antiquísimos textos, los Vedas -veda en sánscrito quiere decir «saber»-, que constituyen su base. Esta religión, llamada védica, comporta sacrificios y ritos que se destinan a diferentes divinidades. La visión del mundo de los tiempos antiguos fue, después, objeto de numerosos tratados filosóficos. Los primeros de esos tratados son los Upanishads, textos que fueron escritos, a principios de los siglos VII, VI antes de Jesucristo, en una época de efervescencia intelectual.
En esta época, por su parte, el Gautama Buda ponía en duda el sistema de las castas. Los Upanishads fueron los primeros en hablar de la reencarnación y de la liberación. El objetivo del hindú sería en adelante superar la necesidad de renacer para tener un acceso definitivo a la beatitud y a la paz.
La rueda de la existencia
En este contexto, la existencia se simbolizaba por una rueda en continuo movimiento que las epopeyas indias, más recientes, comparan a una danza marcada por el ritmo de la flauta de Krishna, una de las encarnaciones más populares del dios Visnú. Krishna dio una enseñanza que figura hoy en la Bhagavad Gita (siglos II-I a. C), a partir de la cual se puede preguntar por el lugar y el papel de la muerte. Ella apela a los conceptos fundamentales de la tradición hindú: el brahman/atman y el samsara.
El brahmán es el absoluto divino, la esencia del Universo, la energía cósmica. Él es el Espíritu. En los Upanishads, se puede leer respecto del brahmán: «No se le ve, pero él sí ve. No se le oye, pero él oye todo. No se le conoce, pero él sí conoce».
El brahmán no se puede definir porque es la realidad suprema. A lo sumo, se puede decir, según la Taittiriya Upa-nishad, que es idéntico a la Verdad -Satya-, que es Conocimiento -¡nana- e infinitud -ananta-. También se puede decir que es existencia -sai-, conciencia -chit- y felicidad -ananda-.
En realidad, el brahmán no se puede describir, porque describir es limitar, lo cual no se ajusta al infinito. Según el sabio Yajnavalkya, a lo más, sólo se puede evocar lo que no está en «las grandes religiones»1.
El atman es el sí mismo del ser viviente, es decir, el soplo que lo anima. Está relacionado con el brahmán, presente en todas las cosas.
En un célebre diálogo de la Chandogya Upanishad, un padre le pide a su hijo que diluya sal en el agua y luego las separe. El hijo le dice que eso es imposible. Entonces el padre le replica que eso precisamente es lo que le sucede al brahmán y al atman, que no pueden separarse el uno del otro. Y acaba su discurso con la famosa frase «Tat tvam asi», en sánscrito «Tú eres Eso», es decir, tat: «Eso», referido al brahmán-, y tvam: «Tú», refirido al atman; en otras palabras, el brahmán y el atman son idénticos.
Se puede además leer en los Upanishads a propósito del atman: «Más pequeño que lo que es pequeño, más grande que lo que es grande. La esencia del ser reside, oculta, en el corazón de la criatura».
El atman unido a un cuerpo se parece a una pella de arcilla que el alfarero moldea progresivamente. En tales condiciones, todo acto del individuo tiene una repercusión en su destino.
«Vivo en un número determinado de formas. Después de mi muerte, me reencarno en otros cuerpos a un nivel inferior o superior según hayan sido mis actos. Pero no existe conciencia después de la muerte. Lo que transmigra es el principio permanente» y esto se cumple teniendo en cuenta los méritos del individuo. El atman pasa indefinidamente de un tipo a otro de existencia antes de asentarse y unirse al brahmán. «En ese momento deja de estar sometido a la implacable ley del karma y queda reasorbido en la energía creadora.»
El samsara es un término formado de la raíz «sar», que quiere decir «correr» (el agua de los ríos), y el adverbio «sam», que significa «simultáneamente». El primer sentido de samsara es, por tanto, «el curso común»: cada uno tiene la misma suerte de todos.
El fluir es universal; y la imagen, la de un río que, constituido por miles y miles de gotas que se deslizan todas juntas, va, desde el nacimiento al estuario, a un mismo destino. La vida aparece, y luego desaparece sin dejar rastro. Los hombres aparecen, y luego desaparecen sin dejar rastro. Nosotros, a nuestra vez, aparecemos, y luego desaparecemos sin dejar rastro. Es la ley del tiempo que pasa al modo de la rueda que gira sin cesar. También la imagen del samsara es la que mejor expresa la doctrina en lo que tiene de ineluctable.