Los ritos de duelo
![]()
La Torá no ha fijado ritos de duelo particulares, como hizo, por ejemplo, con las reglas alimentarias o las leyes del sabbath (descanso semanal). ¿Cómo comprender este silencio?
En la Biblia
La Torá, primero de todo, se considera una ley de vida. «Yo pongo delante de ti la vida y la muerte, y tú elegirás la vida», declara el Eterno a la comunidad de Israel. Cuando Moisés pide conocer el rostro divino, Dios le responde: «Nadie puede verlo y quedar con vida» (Ex 33,20). La Biblia está obsesionada con la vida. Cada uno es responsable de la suya y ha de hacer cuanto esté en su mano para proteger su salud, su cuerpo, su espíritu, sus bienes. La vida es una bendición y, como tal, no se puede malgastar, ha de ser administrada lo mejor posible.
El Talmud, dentro de esta lógica, afirma que algunas personas habrán de rendir cuentas ante el Eterno si desoyen este imperativo.
Además, la Biblia no reglamenta lo propio del duelo, porque manda a cada uno a su trabajo privado, particular, íntimo. Si en el sector de la sociedad es posible decir a la gente: aquí tenéis lo que Dios espera de vosotros en el momento de la ruptura, lo colectivo no existe. Esto no quiere decir que la Torá no haya dado algunas reglas para evitar los excesos. Por ejemplo, está formalmente prohibido (Dt 14,1) el hacerse cortaduras en el rostro o el raparse la cabellera por un muerto, que son sin duda costumbres de origen egipcio o cananeo. Luego las normas funerarias se van a encuadrar en el respeto de la vida y los seres vivos.
La elaboración de la fe se hace en el análisis de la conducta de los personajes bíblicos ante este hecho.
El ejemplo más célebre es el de Abrahán, que, a la muerte de Sara, su esposa, decide enterrarla en la cueva de Macpela y llorarla (Gn 23). El hombre es polvo y a él debe retornar. El cuerpo no puede ser abandonado ni destruido. Y por lo que respecta a las lágrimas, son sólo la salida del dolor.
El apoyo a los enlutados se menciona en el libro de Job cuando sus tres amigos van a visitarlo. Adviértase que ellos no abren la boca hasta que Job haya hablado primero. La norma social para el judaísmo es estar junto al que sufre, sabiendo que en tales circunstancias las palabras están de mas.
Las reglas rabínicas
Con la destrucción del primer Templo el 586 a. C. y la formación de las comunidades exiliadas en Babilonia, los rabinos van a reglar más el comportamiento del enlutado. La finalidad de esos ritos será el facilitar la expresión del dolor y hacer que las personas afectadas reemprendan el contacto con la realidad social aceptando la absoluta soberanía de Dios.
Se considera persona enlutada a aquélla que tiene una relación familiar directa con el difunto, lo cual da como resultado siete personas: el padre, la madre, el hermano, la hermana, el hijo, la hija, el esposo/esposa. A los miembros en segundo grado, desde el punto de vista legal, no les obligan las normas, pero pueden por supuesto sumarse a las ceremonias fúnebres.
Antes del entierro
Una vez certificado el fallecimiento, los siete familiares entran en un tiempo llamado de «desolación» (aminut) y, hasta el entierro, están exentos de cumplir cualquier mandamiento positivo. Estos mandamientos, efectivamente, requieren un mínimo de concentración y fervor que, en esas circunstancias, no puede alcanzarse. Si bien, desde el punto de vista estricto, las personas en duelo son los que deberían hacer frente a las últimas obligaciones, un servicio comunitario, conocido como «santa asamblea» (hevra kaddisha), es el que se fue acostumbrando a hacerse cargo de todos los preparativos.
Según la Biblia, el cuerpo debe ser enterrado dentro de las veinticuatro horas siguientes al fallecimiento.
Antes de introducir el cadáver en el ataúd, el cuerpo se ha de lavar según un mandato particular: se verterá agua sobre diferentes partes del cuerpo, ablución que se verá acompañada de algunos textos bíblicos. En el terreno religioso, se trata primero de resaltar el valor del envoltorio carnal, que no es una entidad desdeñable. Es verdad, este cuerpo se va a descomponer en la tierra, pero lo ha creado Dios y, como tal, exige respeto. Y al mismo tiempo se trata de preparar el cuerpo para su futura resurrección.
La tradición mística más tarde le añade sentido. En efecto, por este lavado el cuerpo, por así decirlo, queda protegido con unos versículos bíblicos que se convierten en escudo contra los malos ángeles que quisieran agredir el alma del difunto en el momento de su ascensión espiritual.
Durante el lavado, está prohibido mirar el rostro del difunto. Para el judaísmo, no conviene que el vivo contemple a quien ya carece de conciencia. Es una manera de señalar la frontera entre la vida y la muerte.
Realizado el aseo, el cuerpo se viste con un sudario, generalmente blanco, compuesto de una cogulla, una camisa y un pantalón. A los hombres se los cubre con su chal de oración como para resaltar su puesto en el seno de la comunidad eterna de los hijos de Israel.