Los ritos de los funerales
![]()
La fe en Cristo muerto y resucitado, que dijo: «Yo soy la resurrección y la vida, quien cree en mí, aunque muera, vivirá» y la comunión sacramental en su cuerpo y en su sangre son la garantía de este paso de la vida mortal a la inmortal, es decir, de esta «Pascua» (en el sentido etimológico de tránsito).
El espíritu de los ritos
Pero si el espíritu de los ritos de los funerales está siempre impregnado de esta esperanza fundada en la resurrección de Cristo, es necesario distinguir las prácticas litúrgicas: las de la Iglesia católica anteriores al concilio Vaticano II, próximas a lo que se encuentra todavía hoy en la ortodoxia, el ritual según el Vaticano II y los funerales en el protestantismo. Es evidente que el espíritu que anima todos los rituales cristianos es la esperanza cristiana ligada al misterio pascual.
Lo que se hace hoy en algunas ceremonias sume a los asistentes en un estado anímico dominado por la tristeza y, a veces, hasta por la desesperación. La causa, la elección que se hace de algunos textos y cantos profanos. Sin embargo, el oficio de difuntos que se remonta a la más antigua tradición de la Iglesia aún no dividida es tranquilizador para todos los presentes, en especial para la familia y amigos.
La liturgia habla poco de muerte y mucho de sueño, de descanso, de vida nueva, de ascensión a la luz y de paz. Pero, más aún que esta pacificación de los familiares del difunto, la función principal de las ceremonias mortuorias cristianas es, para el catolicismo y la ortodoxia, orar por aquél o aquélla que ha dejado este mundo. Lo cual nos lleva a formularnos la pregunta siguiente: ¿a qué viene orar por los difuntos?
Hemos visto anteriormente que para católicos y ortodoxos el alma después de la muerte puede evolucionar; la libertad de abrirse o cerrarse a Dios, a su misericordia, se mantiene entera. El orar por los difuntos entonces es prestarles nuestro apoyo en ese camino espiritual que han de emprender para acceder a la plenitud de la vida eterna, íntimamente ligada al amor puesto que «Dios es Amor» (1 Jn 4, 16). Este camino consiste en liberarse de las pasiones diversas y letales que sumieron al ser humano en el pecado, el olvido de Dios, la egolatría, cuando aún estaba en este mundo; trabajo de conciencia, de clarificación, de renuncia a sí mismo y de apertura a la plenitud divina.
Como decía un autor cristiano a comienzos del siglo XX: «No existe, por un lado, el reino de los vivientes y, por el otro, el reino de los muertos; sólo existe el Reino de Dios, y todos nosotros dentro de él». Vivos y muertos, en efecto, son uno en el amor del Padre, y todos, miembros del cuerpo de
Cristo; la muerte no rompe el vínculo de amor mutuo de cuantos forman parte de él. Es lo que se llama la «comunión de los santos» o «comunión en Cristo», una especie de cadena de amor y oración que aúna a todos los miembros de la Iglesia, santos y pecadores, ya estén en este mundo o en el otro. Las oraciones de unos ayudan a los otros a crecer.
Los diferentes rituales
«Que el ritual de la muerte sea un ritual de vida», ahí está la fórmula clave del mensaje de la Iglesia.
En la medida de lo posible, la Iglesia acompaña en sus últimos momentos al ser humano que está a punto de morir. El acompañamiento se puede hacer de diferentes maneras. Tradicionalmente se recitan oraciones y salmos de penitencia, y, en el catolicismo y la ortodoxia, si un sacerdote está presente, puede oír la confesión del moribundo y darle la absolución. El objetivo siempre es disponerlo al paso de esta vida a la otra. Este acompañamiento se llama extremaunción, o más exactamente sacramento de los enfermos.
En las tres confesiones cristianas, católica, protestante y ortodoxa, puede haber tres «estaciones», o ceremonias complementarias, en el ritual de los funerales: el levantamiento del cuerpo, la iglesia y el cementerio. El levantamiento del cuerpo, para los protestantes, es una ceremonia muy sencilla que comporta, por ejemplo, una invocación: «Que la paz de Cristo a la que todos estamos llamados reine en nuestros corazones», una lectura bíblica y una plegaria que implora el consuelo de Dios para todos los que están en el duelo; esta estación, para los ortodoxos, va acompañada de incensación y bendición del cuerpo, de salmodia y oraciones diversas.
La ceremonia de los funerales propiamente dicha -«servicio principal» para los protestantes, «liturgia de los difuntos» para los ortodoxos, «misa de los funerales» para los católicos-, hoy con frecuencia simplificada según las circunstancias en el rito católico, se celebraba y se sigue celebrando en la iglesia. En el protestantismo, esta ceremonia, aunque más larga que las otras dos, queda muy aliviada: invocación, acogida, confesión de fe, oración, lectura bíblica, predicación, oración dominical, bendición. Se trata de entregar a Dios, en la fe y la esperanza, al o a la que acaba de morir, rehusando las pompas, los signos externos (en particular el agua) y evitando en la medida de lo posible los elementos profanos. Como para el levantamiento del cadáver y el cementerio, es esencialmente una ceremonia de «entrega a Dios» centrada en el Evangelio de la Resurrección.
En otro tiempo, en la tradición católica, a la entrada del féretro se solía cantar una oración conocida en Occidente con el nombre de «Réquiem». Esto vuelve a aparecer en la liturgia de los funerales ortodoxos a través de la oración de intercesión: «Dale, Señor, el descanso eterno, y brille para él (ella) la luz eterna». Para los ortodoxos, se supone que el alma del difunto se expresa en las estrofas que el coro canta en ese momento diciendo: «Yo soy la imagen de Tu gloria inefable, a pesar de las heridas del pecado. Ten piedad de Tu criatura, purifícala con Tu misericordia. Concédeme la patria tan ansiada y hazme ciudadano del paraíso. Tú, que me sacaste antaño de la nada y me honraste con Tu imagen divina y luego, a causa de mis pecados, me volviste a la tierra, restaúrame en Tu semejanza a fin de que yo resplandezca con mi original belleza». La Iglesia dice «yo» en lugar del difunto, habla en su nombre, tomándolo, por así decirlo, en sus brazos como una madre toma a su hijo.
Después viene la oración por el o la que ha dejado esta vida: «Dale, Señor, el descanso a Tu siervo (Tu sierva) introdúcelo(a) en el paraíso, donde los coros de los Santos y los Justos brillan como astros. Dale, Señor, el descanso a Tu siervo(a) difunto(a) borrando sus pecados».
Durante este canto, el celebrante inciensa el féretro; la incensación, efectivamente, es una muestra de respeto, de deferencia. El cuerpo del bautizado ha sido el Templo del Espíritu Santo, y está destinado a la resurrección.
La ceremonia termina, por lo general, con la absolución; es, por así decir, el «último adiós» de la Iglesia a quien va a ser enterrado. El celebrante gira de nuevo alrededor del féretro incensándolo y, en el rito ortodoxo, pidiéndole a Dios que le conceda «a su servidor(a) difunto(a) la memoria eterna», o sea la vida, y concluye con la fórmula: «Que él (ella) repose en paz. Aleluya».
A continuación, el oficiante asperge con agua bendita el féretro y luego a todos los que han asistido a la ceremonia. Esa agua recuerda aquella otra que corrió por la frente de la persona difunta, o en la que fue sumergida, el día de su bautismo, y que simbolizaba entonces el enterramiento en la muerte de Cristo para resucitar con él.
El día del entierro, el cristiano ha muerto definitivamente al mundo, pero la Iglesia espera, en confianza, que resucitará con Cristo de las aguas de la muerte.
El espíritu de estos ritos es por supuesto el mismo, pero hoy el nuevo ritual de la Iglesia católica quiere abundar en la comunión de toda la Iglesia en el dolor de quienes lloran y desea reconfortarlos con la esperanza.
Se trata de llevar a la familia, a los amigos, a los familiares una palabra que serene, reconforte, ilumine su dolor con lecturas bíblicas y profanas: poemas, textos personales, de músicas y canciones sagradas o profanas.