Los ritos funerarios
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La muerte, cambio de estado, se acompaña de un ritual que pertenece, como los del nacimiento, la iniciación y el matrimonio, a los ritos llamados de «transición».
Es un conjunto de palabras y gestos, codificados en el tiempo y el espacio, puesto en práctica por una comunidad cuyos miembros tienen un rol concreto que realizar. Su finalidad es simultáneamente acompañar al difunto y ayudarle a acceder al más allá, permitirles a los parientes controlar la angustia, el dolor y la culpabilidad (este último sentimiento, que surge en el momento de la muerte del otro, lo ha dado a conocer Freud) y, por último, superar la ruptura asegurando en la sociedad la continuidad de la vida. Todo se cumple en unión con lo divino.
Teniendo en cuenta las etapas sucesivas del «tránsito», se distinguen globalmente dos clases de ritos funerarios: los que se dirigen primero a mantener la unión del muerto y los vivos (aseo funerario, presentación del cuerpo, elogios fúnebres, velatorios, etc.), y los que a continuación realizan la separación de los unos y los otros (inhumación, cremación, inmersión, exposición a las aves, etc.). Siguen a estos ritos los ritos de recuerdo (estelas, visitas a cementerios, fiestas de aniversario, o fiesta de los muertos en Méjico o en otros lugares, reliquias, etc.). Éstos últimos adoptan en algunas religiones la forma de culto a los ancestros (China, Japón).
Todos estos ritos están cargados de un denso simbolismo y exigen una interpretación acorde con la cultura y religión en las que tienen lugar.
Para aclarar este simbolismo, tomamos, a título de ejemplo en religiones diversas, algunos ritos significativos: el lavado mortuorio y la presentación del muerto.
¿A qué viene este lavado funerario que en las religiones es prácticamente una constante? No se hace sólo por higiene. Se realiza con el fin de preparar al difunto para entrar en estado de pureza -el agua purifica en otro sitio donde él va a volver a vivir -el agua regenera-. Por esta razón, el Corán define el ceremonial de este último lavado, y en el ritual hebreo se vierten sobre el cuerpo nueve medidas de agua templada, después del lavado, mientras que en algunas etnias africanas, estos lavados se ejecutan en sentido inverso al de los lavados que se les hacen a los recién nacidos. El difunto va a tener otro nacimiento.
En cuanto a la presentación del muerto, también ésta es simbólicamente significativa. Si el muerto se deposita en el suelo, se está dando a entender que está llamado a volver al estado de donde salió: el polvo. Si a algunos maestros de la escuela budista china Chan los colocaban sentados en postura de meditación, lo hacían porque esa postura favorecía el acceso al Nirvana. Si en Egipto los difuntos eran momificados, lo eran para mantener la integridad de un cuerpo sobre el que se podían practicar ritos de reanimación aptos para devolverle al muerto su capacidad de movimiento antes de emprender su largo viaje...
Por otra parte, los objetos dejados junto al cadáver evocan su vida terrestre -la azada del dogón confirma que su trabajo en este mundo ha terminado- y están destinados a ayudarle en su tránsito. Al cristiano se le coloca entre los dedos un rosario, y a veces una Biblia (protestantismo). El griego metía en la boca del muerto una moneda para que la entregara a Caronte, el barquero de los Infiernos. El libro de los vivos y los muertos tibetano puesto junto al difunto le sirve a éste de guía, etc.
Los vivos, por consiguiente, manifiestan con respecto al muerto una notable solicitud ritual, pero al mismo tiempo lo temen y procuran mantenerlo a distancia porque la muerte, contagiosa corrupción, pone en peligro la vida.
Es necesario que haya separación. Ésta se hace efectiva mediante el alejamiento definitivo del cadáver inhumado, incinerado, momificado o sumergido. Tienen lugar, por tanto, ritos específicos en cada religión acordes con el pensamiento metafísico que los concibe: la inhumación devuelve a la tierra a quien la abandonó (Gn. 3, 19), la cremación le restaura por el fuego al muerto su característica espiritual antes de que retorne o no...
La comunidad se reconcilia frecuentemente durante el «banquete funerario» que sigue: rito compensatorio donde la comida, «fruto de la fecundidad de la tierra»17, refiere a la regeneración periódica y, consecuentemente, a la inmortalidad.
En pocas palabras, todo rito, por extraño o trivial que sea, contiene un sentido profundo. Como expresión de lo indecible, pone de manifiesto el «espíritu» de cada religión, haciendo coexistir, por un tiempo, la vida, la muerte y lo divino. Porque la muerte, ruptura radical, es irrupción de ese mysterium tremens etfascinans del que habla Rudolf Otto, ese misterio terrible y fascinante de lo numinoso, de lo divino.
«¿Dónde queda, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde queda, oh muerte, tu aguijón?», pregunta San Pablo.
En cuanto realidad biológica, la muerte no puede ser vencida, pero, en cuanto «sol negro» que sumerge a la vida en las tinieblas del sinsentido, del absurdo, sí puede serlo. Y las religiones son las que obtienen esa victoria. Ellas, en efecto, son las que, despertando la esperanza en un más allá, hacen de la vida no una travesía errática, sino una peregrinación. El creyente marcha hacia otro lugar de plenitud, y la interrupción trágica que es la meta de su camino, la muerte, es integrada en su existencia. Ella es la que lo anima y le indica la dirección.
Lo que es aguijón, se convierte en bordón de peregrino.
Más aún, aunque las propuestas escatológicas y rituales de las religiones presentan una diversidad que puede parecer desconcertante, no obstante, al interior de esa diversidad se infiere una semejanza intencional, o sea que en cualquiera de las religiones siempre se advierte resistencia a dar por cierta la aniquilación definitiva.
En este punto esencial, las religiones convergen.