Introducción
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Morir parece algo muy natural. La vela se extingue por haber ardido y las espigas algún día se han de recolectar. Todo evoca esa eterna necesidad de desgaste de las cosas y, más aún, la fragilidad de los seres vivos. Pasar es fallecer, y la vida de un ser es ínfima para el universo como lo es un día aislado en la procesión innumerable de aquéllos que han ido delante y de aquéllos otros que se van acercando. Hasta tal punto que la vida se sumerge en el estupor y el asombro: ¿qué se puede hacer con este tiempo y estas energías que, siendo irrisorias, no dejan por eso de estar a nuestra disposición?
Hoy la muerte, sobre todo si afecta a la juventud, provoca estupor y fuerza a la mente a pensar lo que ni puede ni quiere pensar. Nuestras condiciones de vida, las de los «países desarrollados», son como una inversión de las condiciones ordinarias de la humanidad. La muerte era la norma, y la vida como un milagro inquietante que era necesario regular con rigor y donde la supervivencia marcaba el ritmo de los trabajos y los días.
El más allá y los muertos reinaban sin duda aquí abajo más que los vivos. El término natural de la existencia fue incluso percibido por la mayoría de las tradiciones, fueran filosóficas o religiosas, como una especie de justificación, un momento de verdad y retribución, el puerto por fin alcanzado y la vuelta al orden de las cosas, ya fuese el del destino o el de Dios.
Si la muerte en la actualidad es un escándalo, lo es por ser una irrupción en la plenitud de una vida donde la salud y el proyecto de ser feliz han dejado de ser para la gran mayoría una gracia inalcanzable. Los famosos avances de la medicina no están lejos de obtener resultados apreciables. La tiranía de la enfermedad y el momento de la muerte se baten en retirada. Mucho mejor aún, nada impide pensar que la hora de la muerte se puede retrasar casi indefinidamente.
Pero si, al contrario de lo que se oye con frecuencia, a saber, que estamos «programados» para vivir unos ciento veinte años a lo más, la actual investigación biológica apunta la hipótesis de que la muerte no es una exigencia natural. Su origen, si es que se puede hablar así, está en el «exterior». Con este planteamiento, la estimulación de algunos sistemas de restauración del desgaste por la edad, existentes ya en el seno del organismo, es perfectamente programable y, además, ha comenzado ya bajo múltiples formas.
Luego ¿hay que ponerse a organizar una danza orgiástica que fuera la réplica a las danzas macabras? Sabido es que éstas son representaciones medievales donde se ve a los esqueletos alegóricos tirar de la manga a todos los humanos de todas las condiciones y donde los más reticentes y horrorizados no siempre son aquéllos en quienes se piensa. Recuerdo de esa fraternidad de la muerte, extrañamente inexistente durante la vida. ¿Todas estas lecciones se quedarían anticuadas, en fin, por una vida entregada a vivir sin trasmundos ni escrúpulos? Si las filosofías de la tristeza están a punto de perder su más firme aliada, es, pese a todo, una buena noticia. Pero está lejos de ser cierto que seamos más felices y, sobre todo, que hayamos entendido lo esencial. El vivir indefinidamente no anula por eso el simple hecho de poder morir. Los avances más prodigiosos no cambian la esencia de nuestra condición, que es ser mortal.
Vivir es poder morir y es sin duda, a imagen del tiempo, morir y revivir en cada instante. Ser mortal no significa solamente saber que vamos a morir sino percibir nuestra existencia en el fondo de una posibilidad permanente de morir. Henos aquí puestos a la altura de esa bella y difícil exigencia que es vivir como si nunca tuviéramos que morir y como si pudiéramos morir en cada instante.
Lejos de desaparecer del campo del pensamiento y de nuestras inquietudes, la muerte, por tanto, persiste y se vuelve más insistente e íntima a nosotros mismos. Las tradiciones religiosas, que se creyeron en cierto momento desaparecidas, insisten también en ella; ahí tenemos en el mismo espacio la fusión de poblaciones o creencias súbitamente contemporáneas y la penosa tarea del duelo a la que, un día u otro, se ve enfrentado el individuo moderno en busca de puntos de referencia, que no le han dado, para superar el sentimiento del absurdo.
Si las religiones vuelven, ya no lo hacen bajo la forma de una tradición transmitida como el aire que se respira, ya que estamos invitados a recibirlas como objeto de conocimiento. Y no es extraño que la religión que pensamos conocer mejor sea justamente la que más desconocemos y la que más falseada tenemos. Esta situación nos acerca a ellas pero también nos aleja, porque hay que afrontar entonces su complejidad. Elegir un tema de meditación y descubrimiento, en este caso la muerte, que recorre la condición humana así como las grandes religiones es tal vez la mejor forma de desactivar las trampas del conocimiento.
Con el fin de alimentar esta búsqueda jamás acabada, esta obra aporta informaciones acerca de cómo ven la muerte las diferentes tradiciones religiosas de la humanidad.
El hombre sabe que va a morir, pero ignora todo de la muerte... Cada religión tiene su propia forma de enfocar la muerte, las exequias y el más allá.
Las cinco grandes religiones citadas en www.oraciones.com.es son presentadas según un orden clásico. Primero las tres religiones monoteístas: judaísmo, cristianismo e Islam, las más conocidas en Occidente, y a continuación las dos religiones asiáticas: hinduismo y budismo. En el interior de estos dos bloques aparecen parentescos. Otras religiones, como las relacionadas con África, China y Japón, no son tratadas aquí.
Es grande la diversidad en la materia. Hay diversidad entre las religiones, dentro de las religiones y a lo largo de la evolución histórica, porque no son doctrinas y prácticas definidas de una vez para siempre.