Una teología cristiana de la muerte
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Entre los testigos que son los evangelistas, dos han desarrollado más en particular un teología cristiana de la muerte, y son San Pablo en sus cartas, y San Juan en el cuarto Evangelio, sus cartas y el Apocalipsis.
San Pablo: resucitado por Cristo
La muerte y la resurrección de Jesucristo son el fundamento y el punto de partida del cristianismo. Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe, y los muertos no resucitarán (1 Cor 15,14-15).
Para los cristianos, toda cuestión concerniente a la muerte debe ser examinada a la luz de este hecho: Jesús, que había muerto, ha resucitado. Es el fundamento de la predicación apostólica y particularmente de San Pablo delante del Areópago en Atenas. Dios, resucitando a Jesús de entre los muertos, les ha garantizado a todos la resurrección. «Por nuestra esperanza, la resurrección de los muertos, soy juzgado», exclama Pablo ante el Sanhedrín en Jerusalén, añadiendo delante de Félix, gobernador romano de Cesárea: «Espero como ellos que habrá resurrección de justos e injustos» (Hch 17, 31-32; 23, 6; 24,15).
Cristo, entonces, es el primero en resucitar de entre los muertos.
En la primera carta a los Corintios, San Pablo afirma: «Dios [...] os resucitará con su poder. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?» (6,14-15) y más adelante: «Todos nosotros [...] nos hemos bautizado en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo». «Vosotros sois cuerpo de Cristo y miembros singulares suyos» (12, 13 y 27). Esta pertenencia al cuerpo de Cristo, que se ha de comprender en función del amor de Dios por los hombres, de los hombres por Dios y del amor fraterno -«Amarás al Señor tu Dios de todo corazón, con toda el alma, con toda la mente, y al prójimo como a ti mismo» (Le 10, 27)- le hace decir a un importante autor espiritual de la ortodoxia en el siglo XIV, Nicolás Cabasilas; «Así como Cristo ya no muere, los miembros de Cristo tampoco conocerán jamás la muerte. ¿Es que se puede pensar que prueben la muerte unos miembros que están siempre en comunión con un corazón vivo?»8. Lo que se afirma aquí es que la resurrección es un misterio de amor, de relación esencial, de comunión con el Dios vivo.
De esto dimana toda la ética cristiana que se asienta a la vez en el concepto tan desacreditado y tan mal comprendido de «mortificación» y en el de «vivificación». La mortificación de la «carne», en el sentido paulino del término, consiste en renunciar, en «morir» a las «malas obras», al «cuerpo de pecado» (Rom 6,12-14; 7,14-23; 8,1; 8-19; Heb 6, 1), porque «el instinto tiende a la muerte, el Espíritu tiende a la vida y la paz» (Rom 8, 6-7). Se trata de reemplazar el «gusto del instinto» por «el gusto del espíritu» que es vida.
Por «obras muertas» hay que entender todo cuanto en nosotros se opone a Dios, a la vida plena, al amor verdadero y total. Para los autores cristianos, eso comprende el egoísmo, el rencor, el orgullo, los deseos ilimitados de poder, de gloria, de posesión fundados en la mentira, en la injusticia, en el atropello del prójimo y en el olvido de Dios. Es la egolatría, traducción del término griego: filautia, tan frecuentemente utilizado por los Padres de la Iglesia.
La toma de conciencia de esta idolatría puede conducir a la conversión, a la reorientación interior; es lo que expresa la palabra griega metanoia, etimológicamente traducible por «cambio de mentalidad». Para el existencialismo cristiano, «devenir existente es ir hacia la excepción»9, y «existir es tomar una dirección distinta de aquélla a la que me arrastra el impulso ansioso del deseo, es algo por completo diferente de vivir solamente la vida, mi vida». Parafraseando a Gabriel Marcel, se puede afirmar que entre vivir y existir hay diferencia, y que la conversión es optar por existir.
Sin embargo, hay que comprender bien que en el pensamiento paulino nuestra resurrección futura no es contingente, extrínseca a la de Cristo; en cierto modo se ha realizado ya en potencia. Como dice H. Féret: «La resurrección de Cristo acabará manifestándose en la nuestra»10, y esta certeza cambia por completo la perspectiva sobre la vida presente y sobre la muerte. En efecto, nosotros no vamos a resucitar por méritos propios, por nuestra moralidad o nuestra «justicia», sino porque Cristo ha resucitado y nosotros hayamos aceptado el ser asimilados a él, «injertados» en su amor y en su vida por la gracia del Espíritu Santo.
Mientras nos mantengamos con frialdad apegados a nosotros mismos, a lo que constituye nuestra vida mortal, no podremos entrar en la dinámica de la resurrección, porque nos abrazamos desesperadamente a lo efímero, lo finito, lo perecedero, a lo que inevitablemente va a desaparecer. Hay que dar un salto, como en la «apuesta» de Pascal. Lo dice Jesús en San Lucas: «Quien se empeñe en salvar su vida la perderá; quien pierda su vida por mí la salvará» (Le 9, 24); y en San Juan: «Si el grano de trigo caído en tierra no muere, queda solo; si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24). Por eso San Pablo puede decir en la carta a los Filipenses: «Antes bien, con mi valentía, ahora como siempre, Cristo será engrandecido con mi vida corporal o con mi muerte. Pues mi vida es Cristo y morir es ganancia» (Flp 1, 20-21).
San Juan, vivo por los siglos de los siglos
Con toda evidencia, la teología joanea de la muerte es del todo semejante a la de San Pablo, pero el tono puede a veces parecer algo diferente. San Juan insiste en el pecado y la muerte menos que en la vida; en él el misterio de vida está más acentuado que el misterio de muerte. Esto aparece claramente desde el principio del Apocalipsis, donde Cristo dice: «Yo soy el primero y el último, el que vive; estuve muerto y ahora ves que estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y el Abismo» (Ap 1,17-18).
¿Cómo puede participar el ser humano en este misterio de vida y resurrección? Las imágenes utilizadas en el Apocalipsis, en particular la del río de agua viva en cuya ribera crece el árbol de la vida (Ap 22, 1-5), simbolizan el papel de la fe y el bautismo, estando una y otro integrados. Sobre la cuestión de la fe, se puede evocar que, en el relato de la resurrección de Lázaro (Jn 11), San Juan pone en evidencia la importancia de la fe en la resurrección de los muertos y el hecho de ser el mismo Jesús principio de resurrección y vivificación: «Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque muera, vivirá; y quien vive y cree en mí no morirá para siempre, ¿lo crees?», pregunta Cristo a Marta, la hermana de Lázaro, y ella le responde: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que había de venir al mundo» (Jn 11, 25-27). Y Lázaro es llamado a la vida.
Nosotros decimos «llamado a la vida» y no resucitado porque la vida que se le devuelve a Lázaro no es la vida eterna, incorruptible, la que será una realidad sólo al final de los tiempos, sino una vida aún en «prórroga», frágil y perecedera, como toda vida biológica. Pero lo que importa es que el poder de Dios, su soberanía sobre la muerte, queda manifiesta.
Luego, por la fe, entramos en comunicación viva con Dios. Pero lo específico de San Juan es relacionar, con mucha más fuerza que los otros autores del Nuevo Testamento, la fe viva con el amor del prójimo. En efecto, ¿cómo podemos afirmar que creemos en Dios, es decir, en el Amor infinito, absoluto, que trasciende todo pensamiento, y cómo podemos querer participar en esa vida divina que es toda Amor, si no amamos a quienes están a nuestro lado, en las circunstancias que sea, y son nuestro prójimo?
El amor fraterno es la señal de que nuestra fe es auténtica y de que ya hemos nacido a la vida divina. «A nosotros nos consta que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. Quien no ama permanece en la muerte. Quien odia a su hermano es homicida, y sabéis que ningún homicida conserva dentro vida eterna» (1 Jn 3, 14-15). «Queridos, amémonos unos a otros, pues el amor viene de Dios; todo el que ama es hijo de Dios y conoce a Dios» (1 Jn 4, 7).
Así que creer en Jesucristo y esforzarse en amar a todos los hombres como hermanos es estar ya en la vida eterna que trasciende la muerte física.