La dieta del Dr. Dukan

 

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La doble Torá

 

En algunas culturas religiosas el texto sagrado está rodeado de misterio, y su acceso está reservado a un grupo reducido y escogido de intermediarios que ofician entre la divinidad y los hombres; allí el problema es menor, porque los escogidos que llegan hasta el texto son los únicos intérpretes del mismo. No así en esta forma de concebir y vivir el Judaísmo, en el que, como hemos visto, toda la revelación ha de ser transmitida inmediatamente al pueblo; en el que una vez puesta por escrito se lee directa y constantemente en presencia del pueblo y además se lee completa, sin que haya apartados o capítulos que se hurten al oído del pueblo, para lo cual se estableció un ciclo de lectura, -en Babilonia anual y en EreS Israel, básicamente trienal- de forma que se repasara en cada ciclo todo el texto del Pentateuco, acompañado de sus correspondiente lecturas proféticas.

Por si todo esto fuera poco, el acto de mayoría de edad religiosa a partir del cual el varón judío queda sujeto al cumplimiento de los preceptos -bar miSvá- quedará constituido por el acceso personal y público del muchacho al cumplir los trece años a la lectura de la Torá; y cuando los cambios sociológicos significaron que la lectura del texto en hebreo no era ya bien comprendida por una gran mayoría del pueblo que o bien, tras el regreso del exilio, hablaba arameo, o bien, asentado en la diáspora helenística, hablaba griego, se estableció en EreS Israel la costumbre de traducir los textos, primero oralmente y más tarde también por escrito, al arameo, como medio para mantener la cercanía de la Torá escrita, y se realizó una traducción completa al griego.

De esta forma, ciertamente simple, se pasa del texto a su interpretación autorizada y se recoge y se completa una larga tradición oral, que más tarde de forma sistemática y ordenada -y con clara intención teológica- se remitirá hasta el mismo acto revelador del Sinaí.

Para tener una visión más completa del asunto es necesario sin duda hacer mención al hecho de que el que hemos denominado 'texto escrito', fijado ya y consensuado como 'Torá escrita' en los comienzos de la era común y aún antes, no es en sí mismo un texto unitario, y que, compuesto a lo largo de al menos cinco siglos -algunos hablan incluso de ocho siglos-, contiene en sí partes más modernas que son en buena medida interpretación y reutilización de partes antiguas, de forma que con todo derecho y acierto se ha dicho que la Escritura es la primera intérprete de sí misma.

Pero también es necesario detenerse un momento en el concepto de revelación. La clásica representación simbólica del hagiógrafo o escritor sagrado, cuya pluma es dirigida por una mano 'celestial' mientras él -generalmente mirando para otra parte- escribe el texto sagrado, o cuyo oído percibe un soplo 'divino' para que transcriba lo que oye, no ha tenido posiblemente jamás fundamento teológico que la sustente. Pero es que, además, en el Judaísmo no tiene sentido, porque la esencia de los libros sagrados o santos -cuya definición es que "impurifican las manos", como cualquier contacto o cercanía de la divinidad- no es tanto que sean 'revelados' o ni siquiera 'inspirados', sino que ellos mismos son 'reveladores' de la realidad de un Dios -YHWH/Adonai- que crea, que elige, que se compromete, que salva y redime, que es celoso y único, es fiel y ofrece una esperanza de futuro. Todo ello lo ha descubierto y experimentado el pueblo a lo largo de su historia y eso -adobado con algunas historietas y reflexiones personales, colecciones de himnos y la predicación de los Profetas que interpretan la historia- ha quedado plasmado en los libros, que por ello son reveladores.

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