La doble Torá
La Torá oral, por su parte, procederá de una actividad encaminada a mantener viva la experiencia de los antiguos y a aplicarla a la realidad de cada momento, lo que significa completarla. La Torá oral es sabiduría, es espiritualidad -aggadá-y es también conjunto de normas -halajá-. Su esencia es la interpretación de la Torá escrita, de Las Escrituras; se la ha llamado tradicionalmente exégesis, aunque hay quienes discuten el acierto de este término por el hecho de que no trata de entender sólo lo que el autor, sometido a la cultura de su tiempo e incluso a su propia fe -o mejor a su forma de vivirla-escribió para sus contemporáneos y lo que ellos entendieron con los mismos parámetros, que eso sería la exégesis, sino que
se pregunta qué significa lo escrito para quien lo lee quinientos u ochocientos años más tarde y qué conclusiones de carácter práctico y normativo se extraen de ello.
Para este último aspecto, el de la normativa o halajá, será de capital importancia la autoridad de quien hace la interpretación/aplicación. El argumento de autoridad será prevalente sobre cualquier otro para la aceptación comunitaria de una interpretación o aplicación práctica concreta, y por ello casi siempre se identificará de forma clara y expresa a quien la formula.
No faltan, es verdad, dichos anónimos, pero no son casi nunca concluyentes sino que suelen ser acumulativos en una u otra línea de la discusión o punto de arranque de la misma para contradecirlos, y también abundan decisiones que se introducen con la frase 'los sabios dicen', que no hay que entender como anónimas sino más bien como reflejo de un consenso mayoritario en la cuestión y que con frecuencia aparecen para dirimir diferencias de opinión entre Maestros de igual o semejante rango de autoridad.
Frente al fenómeno habitual de la pseudonimia en los libros apócrifos, y especialmente en los apocalípticos, que atribuyen con frecuencia la autoría o el protagonismo a un personaje bíblico, en la Torá oral se identifica prácticamente siempre al autor de la interpretación o a quien expresa una opinión, aunque en la mayoría de los casos las obras sean anónimas y no conste el compilador. Los Maestros rabínicos son importantes por lo que dicen y el grado de consenso que sus opiniones adquieren tras ser contrastadas, mientras que lo narrado y enseñado en los libros apócrifos se presenta como importante porque le sucede a un personaje bíblico o se pone en su boca.
A pesar de ello, el carácter de revelación abierta que antes adjudicábamos a la Torá oral va todavía a prevalecer, en cierta medida, frente al argumento de autoridad, de forma que la adopción de una decisión y su aceptación por parte de la comunidad no implicará en absoluto la desaparición de las opiniones divergentes o contrarias, sino que éstas quedarán recogidas y se conservarán a modo de patrimonio por si en otro momento de la historia o bajo otras circunstancias pudieran llegar a ser útiles o incluso necesarias.
Sin embargo la postura de los diversos grupos que configuraban el Judaísmo -o quizá deberíamos hablar de varios 'Judaísmos'- en el momento del cambio de Era no fue, en este punto, unitaria ni mucho menos monolítica. Parece demostrado que el grupo saduceo rechazaba en buena medida el carácter inspirado y 'revelador' de la tradición oral, y que el planteamiento de 'la doble Torá' tiene un origen y apoyo fariseos. Tampoco era éste el único punto de disensión entre saduceos y fariseos, y el triunfo social de estos últimos configuró con sus creencias y sus prácticas todo el Judaísmo posterior al año 70, el Judaísmo rabínico o 'de la doble Torá', que sin duda tiene sus orígenes mucho antes y sigue un proceso posiblemente secular. El propio origen de los Fariseos es controvertido, remontándolo algunos investigadores hasta la época de Esdras (siglos V-IV aEc); pero no vamos aquí a entrar en ello.
Los Fariseos triunfaron como grupo porque supieron adaptarse, y quizá incluso someterse, ocupando una posición intermedia, alejada de cualquier sectarismo. Gozaron sin lugar a dudas del apoyo y de la confianza de grandes sectores de la población, y, aunque no era la única, mostraron una gran preocupación por las cuestiones de pureza ritual. Su nombre, que muy posiblemente haya que entenderlo como 'separados', pretendía marcar las diferencias con los demás grupos del Judaísmo e incluso con las líneas más oficialistas de los dos últimos siglos antes del cambio de Era, pero, a diferencia de otros grupos como, por ejemplo, el de Esenios disidentes que se desgajaron del resto de sus correligionarios y se refugiaron en Qumrán, los Fariseos se mantuvieron y acabaron haciéndose con el 'poder'. A diferencia del grupo saduceo que, preso de un fundamentalismo teórico, no aceptaba la adaptación de la Ley, los Fariseos buscaron, no sin polémicas y tensiones internas, una adaptación continua a las circunstancias. Frente al fundamentalismo práctico, rebelde e intransigente de los Celotes, en el fariseísmo triunfó el espíritu de pacto y colaboracionismo, aunque se dieran importantes excepciones como la de R. Aquiva.
El Talmud, cima de la producción rabínica, es el resultado final plasmado por escrito de una práctica hermenéutica, que puso sus cimientos entre el cambio de Era y el año 225 y prosiguió su desarrollo durante más de tres siglos. Antes de esa época fueron fraguando los materiales, pero no tenemos nombres propios de importancia. La teoría de la 'Gran Asamblea' y las 'cinco parejas' que citábamos al comienzo,es posiblemente de elaboración posterior, pensada, como antes decíamos con 'intención teológica', para entroncar el movimiento rabínico/fariseo con toda la historia anterior ya 'canonizada'.
Y reaparece aquí la importancia de la 'canonización' del texto bíblico. Con este hecho pareció, por una parte, que se daba por cerrada la revelación y, por otra, con ello se dejaban fuera del 'canon' una serie de libros, que hoy denominamos apócrifos -en hebreo jiSonim, 'externos' o 'exteriores'- que estaban escritos sin duda alguna con la intención, no digo ya de formar parte del 'canon', en el que con toda seguridad sus autores no pensaron nunca, pero sí de ser tenidos como libros santos y revelados, junto con los otros. Como hemos dicho más arriba, aunque el 'canon' no se considerara 'oficialmente' fijado, el grupo de libros santos estaba bastante bien definido, y la prueba es que fueron pocos, y de los de composición más tardía, los que encontraron dificultades para formar parte del mismo.
Por ello no es de extrañar que, sabiendo cuales eran los libros de referencia indudable, los autores de nuevos libros pretendieran el reconocimiento de sus obras como libros santos, acogiéndose a alguno de los procedimientos universalmente utilizados con esa intención, a saber: presentarlos como compuestos por un personaje bíblico, o imitar en todo el estilo bíblico, o hacer una exégesis del texto bíblico que sirviera para justificar la propia norma de vida.
Todos los libros apócrifos antiguos (anteriores al año 100) de los que se puede afirmar que tuvieron un original hebreo o arameo, pues se conservan fragmentos de ellos, presentan alguna de esas tres premisas, ya sean el Libro de Noé, el Testamento de Neftalí dentro del conjunto de los Testamentos de los Doce Patriarcas, o el llamado Miaras wa-yissa (u con sus paralelos del Libro de los Jubileos y de los Testamentos, o los sectarios 'Guerra de los Hijos de la Luz y los Hijos de las Tinieblas' y 'Regla de la Comunidad'.
Sin embargo en la Misná, excipiente primero de la producción rabínica, no se hace el más mínimo intento de justificar por estos medios su carácter de libro revelado. La lengua y el estilo se diferencian considerablemente de los bíblicos; no se presenta a ningún personaje bíblico como autor, y la exégesis bíblica resulta esporádica e indirecta. Su fuerza y su autoridad residen en la transmisión oral, la línea directa desde el Sinaí hasta el momento presente, que queda abierta hacia el futuro, como hemos dicho, en las interpretaciones que pueda hacer cualquier Maestro e incluso cualquier discípulo o aprendiz de Maestro. La Misná es, pues, transmisión oral que cuando se ponga por escrito no se hará para formar parte del canon bíblico sino para iniciar un nuevo canon, el canon rabínico, que habrá de ser igualmente autoritativo.
Sin embargo podemos decir que la Misná fue 'un fracaso' como código de leyes y adaptación de las mismas al momento concreto y a su vez necesitó ser adaptada y actualizada... En este proceso inmediato de actualización cristalizó el Talmud.