La visión cristiana de la muerte 1

Así, el pecado original aparece como un deseo de independencia absoluta de Dios, de autonomía: darse a sí mismo su propia ley, ser la única fuente de sí mismo. Ahora bien, ese deseo es una ilusión porque el hombre no tiene en sí la fuente de su ser, de su existencia.

Para aclarar esta noción resituándola en la perspectiva del amor, en ese deseo fundamental de querer y ser querido que alienta a todo ser humano, nos podemos referir a la explicación, a la vez filosófica y teológica, que Blaise Pascal da en su carta del 17 de octubre de 1651 a M. y Mme. Perier después de la muerte de M. Etienne Pascal, su padre:
«Dios creó al hombre con dos amores: el amor a Dios y el amor a sí mismo; pero con una ley, que el amor a Dios sería infinito, sin más fin que Dios mismo, y que el amor a sí mismo sería finito y en relación con Dios. El hombre en ese estado no solamente se amaba sin pecado, sino que no podía dejar de amar sin pecado. Luego llegó el pecado, el hombre perdió el primero de esos amores, quedando el amor a sí mismo solo en esa gran alma capaz de un amor infinito, y ese amor propio se extendió y desbordó el vacío que el amor a Dios había dejado; y, de esta manera, él se amó sólo a sí y a las demás cosas por sí, es decir, infinitamente».

El pecado original es, en cierto modo, el paso del teocentrismo al egocentrismo, el paso del amor infinito de Dios y para Dios, que al mismo tiempo es amor de la vida bajo todas sus formas, al amor ilimitado de sí mismo. El pecado, por tanto, no es fundamentalmente de orden moral, sino de orden espiritual. Es centrar todo en uno mismo y no en Dios, confundir la apariencia y la realidad, optar por la ilusión de una conciencia todopoderosa en vez de por el realismo de nuestra insuficiencia.

Pero al separarse de la Fuente divina de su ser, es el mismo hombre el que se priva de la vida incorruptible. En esa perspectiva, la muerte no se debe interpretar como un castigo que Dios infligiera al ser humano. Es más bien la consecuencia intrínseca de la voluntad de autonomía. Ella provoca la ruptura de la relación inmediata y vivificadora entre Dios y el hombre. Y en relación con la muerte es como se han de comprender cuantas desgracias padece el ser humano: sufrimiento físico o moral, angustia, soledad, sensación de desamparo, así como lo que deforma y altera la relación con el prójimo, que es la pérdida de confianza (tanto, por lo demás, en uno mismo como en los otros) y aumento de la desconfianza, la sospecha, el odio, etc.
Las «pellizas» con las que Dios viste al hombre después de la caída (Gn 3, 21) muestran simbólicamente esa condición humana que se convierte en mortal y corruptible: el hombre se hace biológico.

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Oraciones y plegarias

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