san Juan de Dios
Al servicio de la misericordia
Juan Cidade (o Ciudad) nació en Portugal en 1495, pero fue en España donde ejerció de pastor, regidor, soldado y librero. A los 8 años desapareció de su casa y fue acogido en Oropesa (Toledo), donde las gentes del pueblo comenzaron a llamarle Juan de Dios, por desconocer su apellido. Después de haber estado alistado en los ejércitos de Carlos V, pasó a Granada, donde abrió una librería.
En 1539, en Granada, un sermón de san Juan de Avila sobre la realdad del pecado y la belleza de la virtud suscitó en él «el espíritu de misericordia» con respecto a los marginados de la sociedad: enfermos, indigentes, prostitutas y niños abandonados. Su conversión fue radical. Regaló a las gentes los libros religiosos y quemó los libros de caballería. Desde entonces se dedicó ardorosamente al ejercicio de la misericordia en la nueva Orden de los Hospitalarios de San Juan de Dios. Buscaba a los enfermos y desgraciados, los limpiaba, los curaba y por la noche mendigaba de casa en casa pidiendo limosna para los enfermos. Así lo retrata Murillo con sus pinceles: san Juan de Dios, caminando por las calles de la ciudad con el cesto lleno, carga con un ulceroso enfermo que representa a Jesucristo. Un ángel lo sostiene y le sirve de guía.
Murió en 1550. Su fiesta se celebra el 8 de marzo.
Mensaje
Precursor de la beneficencia moderna. En san Juan de Dios resalta el servicio a los demás por la misericordia. Como el buen samaritano (Lc 10,30-37), se aproxima y se fija en el pobre y necesitado. Pone al alcance del indigente lo que tiene y sabe. Está dispuesto en todo momento a «tender la mano» para acoger, para acariciar, para invitar a caminar, para curar o sanar y perdonar.
Su espíritu de misericordia lo ejercen hoy los Hermanos de San Juan de Dios en muchos hospitales, centros psiquiátricos y allí donde existen personas enfermas, es decir, «sin firmeza» física, psíquica, mental, económica o social.
San Juan de Dios sabe que su presencia ante el enfermo es portadora de salud, alivio en la tristeza y ayuda para nacer desaparecer miedos o soledades.
Que nuestra presencia ante el enfermo «sin firmeza» conforte, anime y dé esperanza. Es la prolongación de la presencia de Cristo y signo inequívoco de la bondad divina.
El triunfo de san Juan de Dios
Corrado Giaquinto
Museo del Prado (Madrid)