san Pedro de Alcántara
La extrema penitencia
Nació en Alcántara (Cáceres) en 1499 y murió en Arenas de San Pedro (Avila) en 1562. Ingresó como franciscano a los 16 años.
Mediante un Breve Pontificio, se le concedió dedicarse a la vida eremítica en el eremitorio de Nuestra Señora del Palancar (El Pedroso). Fue nombrado Comisario general de la reforma de los franciscanos descalzos y creó, dentro de la Orden franciscana, una rama nueva de tal austeridad que el mismo san Francisco se numera admirado: eran los Hermanos de la Estricta Observancia, que vivían en celdas minúsculas y se sometían a toda clase de rigurosas penitencias. Estos frailes reformados, o alcantarinos, llegaron a formar veinte provincias y después se incorporaron a los franciscanos observantes. Pedro de Alcántara, que fue un nombre de muy alta oración y contemplación (en su vida se dieron muchos fenómenos místicos), nos dejó escrito un libro sobre oración, el Tratado de la oración y la meditación, con más de doscientas ediciones, y cuya autoría suscitó una gran polémica. Decía: en casos de conciencia y de pleitos, bien están los juristas y los teólogos, «mas en la perfección de la vida no se na de tratar más que con los que la viven».
Carlos V quiso tenerlo de confesor, y las hermanas de Felipe II también, a lo que él se negó. Fue consejero y director espiritual de santa Teresa de Jesús. Su fiesta se celebra el 19 de octubre.
Mensaje
Máximo menosprecio de los placeres y de la vida cómoda y sibarita. La palabra de Dios dice al nombre: «No tendrás otro Dios fuera de mí» (Ex 20,3). San Pedro de Alcántara es un interrogante para este mundo tan secularizado, que se postra ante tantos falsos diosecillos. Cuando estos se instalan en el corazón desechan a Dios del nombre y lo «esclavizan». En cambio la penitencia y pobreza, vividas por Cristo, proclaman la soberanía absoluta de Cristo y su salvación.
Santa Teresa habla de él en Vida 27, 18: «Parecía hecho de raíces de árboles y muchos no comprendían cómo podía conservar la vida». Y añade: «Lo que dormía era sentado. La cabeza arrimada al maderillo que tenía hincado en la pared. Echado aunque quisiera no podía, porque su celda no era más larga que cuatro pies y medio». A tuerza de luchar llegó casi a suprimir el sueño no durmiendo más de hora y media cada día en más de cuarenta años. Comía cada tres días un poco de pan mojado. «Veinte años traxo cilicio de hoja de lata».
san Pedro de Alcántara
Anónimo
Basílica del Jesús de Medinaceli (Madrid)