Uno de los más famosos mártires en las persecuciones del Imperio romano fue san Sebastián. Nacido en Milán, se enroló en la guardia imperial y llegó a ser oficial de las cohortes pretorianas del emperador Maximiliano (286-305).
De profunda fe cristiana, era conocido por su grandeza de alma, por su apuesto talante y porque ayudaba a sus hermanos de religión en los terribles suplicios que padecían por la cruel persecución de Diocleciano. Así lo cuenta la Passio, compuesta por un monje romano en el siglo V.
Otros compañeros de la milicia habían abrazado la fe porque Sebastián, lleno de valor y ardor religioso, propagaba con su palabra y su ejemplo la fe cristiana que él mismo vivía con tanta fortaleza.
Como no podía ser menos, también a Sebastián le llegó el momento del martirio. Fue acusado de traición ante el tribunal de Diocleciano. Sebastián aprovechó para echar en cara al emperador su terrible crueldad persecutoria contra los cristianos. Por todo ello y porque no quiso sacrificar a los dioses del Imperio fue asaeteado (como lo representa la tradición artística). Dice la tradición que la noble Lucila, una vez que le dieron por muerto, lo recogió en su casa, aún vivo, y le curó las heridas. Como víctima propiciatoria, manifestó de nuevo su fe ante el emperador con redoblado valor, por lo que fue nuevamente martirizado. Su fiesta se celebra el 20 de enero.
Diversos martirios. No es fácil obtener la dicha del martirio cruento. Pero sí son accesibles a todos las diversas formas de vida de perfección cristiana que son un verdadero martirio. Así:
• La virginidad voluntaria, abrazada de por vida, es un largo y arduo martirio. Compromete el vivir del cristiano en una lucha sin cuartel en que hay que resistir permanentemente los atractivos y asaltos de las pasiones (Banquete de las diez vírgenes, 7, 3, 156).
• La pobreza voluntaría y perfecta. Orígenes llama martirio a la virtud de la pobreza.
• La vida religiosa vivida con gran entrega es presentada como un martirio por san Jerónimo y por santa Teresa en Camino de perfección (12, 2).
El motivo del vivir o morir cristiano, y no sólo la condena o el sufrimiento, es lo que constituye el verdadero martirio.
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