Nació en Pouy (Francia) en 1581 y murió en 1660. Siendo todavía muy joven ayudó a la economía familiar trabajando como pastorcillo de un rebaño de ovejas. Estudió en Zaragoza y en Toulouse. A los 19 años fue ordenado sacerdote. Recibió pingües colocaciones y llegó a ser nombrado capellán de la reina Margarita de Valois. Fue hecho prisionero por unos piratas berberiscos durante una travesía de Marsella a Narbona y vendido en Túnez como esclavo. Durante unos meses pudo conocer de cerca la vida penosísima de los esclavos, atados con cadenas, desnudos y expuestos a las inclemencias del frío, el viento y el sol.
Una vez liberado, su influencia hizo mejorar la legislación y consiguió para ellos un trato más humano y ayuda religiosa. Se dio cuenta también de la falta enorme de instrucción religiosa de los campesinos y se aplicó a poner remedio. Trató con personajes importantísimos de su época: Bossuet, san Francisco de Sales, el cardenal Bérulle y la alta sociedad de París, muy deseosa de una espiritualidad profunda.
Fundó la Congregación de la Pasión (religiosos lazarislas o paúles, que se dedican a ir a las misiones y a la formación del clero en los seminarios), la Cofradía de Damas de la Caridad y su paralelo, los Servidores de los Pobres (para hombres), y las Hijas de la Caridad, en unión con la admirable santa Luisa de Marillac, para servicio de las clases pobres y sufrientes.
Hoy estas fundaciones de caridad, y las Conferencias de San Vicente de Paúl fundadas por Ozanam, continúan el espíritu y la obra de san Vicente de Paúl. Su fiesta se celebra el 27 de septiembre.
La caridad. «Las Hijas de la Caridad —decía, refiriéndose al talante que habían de adoptar— tendrán por monasterio las casas de los enfermos, por celda un cuarto de alquiler, por capilla la iglesia de la parroquia, por clausura la obediencia, por rejas el temor de Dios y por velo la santa modestia».
«Si un pobre te reclama en su necesidad estando en oración —decía— debes acudir y remediar su necesidad aunque tengas que interrumpir tu oración». Los pobres siguen siendo la preocupación principal de su vida. «Ellos serán nuestros jueces». Lo que atraía más de él era su santidad y aquella bondad inagotable que mostraba con todos. Bossuet llegó a decir: «¡Qué bueno debe ser Dios cuando ha hecho tan bueno a Vicente de Paul!».
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