santa Isabel de Hungría
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Verdadera heroína de caridad y desprendimiento
Isabel, hija del rey Andrés II de Hungría, nació en el castillo de Saros Patak en 1207. Se caso a los 14 años con Luis IV, cuando su marido sólo contaba veinte. Tuvieron tres hijos. Su marido, verdadero modelo de príncipe cristiano, la amó más que a su vida y en el mismo grado le correspondió su esposa. Veía en ella no sólo los encantos corporales sino lo que es más atractivo: la humildad, la fidelidad, la dulzura, la caridad... Pocas veces se encontrarán dos esposos que se amen más tiernamente. Le complacía al esposo que su esposa diese sus bienes e incluso las joyas a los pobres. En realidad daba todo lo que tenía. Recorría ella personalmente las viviendas de sus sirvientes y les proveía de todo lo necesario. Su marido murió durante el viaje que hizo para incorporarse a la quinta cruzada promovida por el papa. Isabel exclamó: «Oh mi Señor, el mundo entero ha muerto para mí; el mundo y todo cuanto hay de amable en él». Desde entonces, aquella esposa tan enamorada se convierte en la viuda perfecta a los 20 años. Le quedaba el esposo que no muere, Cristo.
Vivió como terciaria franciscana, pero no en un monasterio como las demás religiosas. En 1231, a los 24 años, subió al paraíso aquel ángel de caridad. Su fiesta se celebra el 17 de noviembre.
Mensaje
Desprendimiento radical de las cosas y de sí misma. Isabel nos deja el ejemplo de su caridad portentosa y de su desprendimiento verdaderamente heroico. En la colecta de la misa se pide que imitemos a Isabel, que «con amor infatigable sirvió a los humildes y atribulados».
Ella misma visitaba los tugurios de los pobres. Vestía con gran piedad a los que acababan de morir. El Jueves Santo reunió a unos leprosos y, como Francisco, les besó los pies. Mendigaba de casa en casa para pedir para los pobres.
Una vez le preguntaron cómo hacer caridad si no se tiene dinero. Ella contestó: «Siempre tenemos dos ojos para mirar a los pobres con compasión, dos oídos para escucharlos, una lengua para consolarlos y pedir por ellos, dos manos para ayudarlos y un corazón para amarlos».
En la capilla de la ciudad de Eisenach, ante dos frailes menores, dijo, con las manos puestas sobre el altar: «Renuncio a mis parientes, a mis hijos, a mi propia voluntad, a todas las pompas del mundo y a las cosas que el Señor aconseja abandonar».
Unió a una actividad intensísima una prorunda vida contemplativa.
santa Isabel de Hungría
por Vicente Carducho
Iglesia de San Pedro el Viejo (Madrid)