santa María Egipcíaca
La pecadora penitente
Nace en el 354 en Egipto, a orillas del Nilo. Extraordinariamente hermosa, mimada por familiares y galanteada por los hombres, llevó una vida licenciosa de frenesí y pasión en la gran ciudad de Alejandría. «Era yo maestra en todas las artes del engaño. Manché mis labios, más y más profané mi cuerpo, ofrecí el amor, destrozando verdaderos amores y amores santos...». Sintió deseo de ir a Jerusalén y para pagarse el pasaje se entregó al capitán del navio. Vivió durante toda su juventud en un ambiente de lujuria y vicio. Pero la esperaba la gracia de una radical conversión...
En Jerusalén, en el umbral de la iglesia del Santo Sepulcro y ante una imagen de la Virgen, siente un profundo arrepentimiento y deseos de cambiar de vida. Toma la decisión de marcharse al desierto para llorar sus pecados y purificar así sus veinte largos años de extravíos. Vive más de cuarenta años, hasta el 431, año de su muerte, en el desierto de Egipto entregada a la penitencia y a la oración. Su fiesta se celebra el 2 de abril.
Mensaje
Los dos caminos del cristiano: el de la inocencia y la vida santa, y el de la penitencia o segunda inocencia.
Muchos cristianos no hemos seguido el camino de la inocencia, pero Dios en su infinito amor abre el de la penitencia a tantos como el torbellino de la vida ha llevado por sendas ajenas a los caminos de Dios. María Egipcíaca vive veinte años en medio de todos sus vicios, pero se entrega cuarenta años a reparar su vida anterior con la penitencia y el amor a Jesucristo, «el más bello entre los hijos de los hombres».
Siempre resuena la voz de Cristo para todo hombre: «Convertios, porque está cerca el reino de Dios» (Mt 3,2). El hombre penitente es aquel que compara su propia vida con la vida de Cristo (regla de vida) y descubre sus caminos de pecado. Pero sabe que Cristo «no ha venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Mt 9,13). El pecad o es ruptura con Dios y su amor y amistad, plegándose el hombre sobre sí mismo y el placer egoísta. En la penitencia (pesar de haber obrado mal) el hombre sale de sí y se vuelve al verdadero amor a Dios y al prójimo. «Si no hiciereis penitencia —dice el Señor— todos igualmente pereceréis». La conversión es don de Dios que reclama nuestra cooperación: «Me has castigado, y he sufrido el castigo» o «haz que vuelva y volveré» (Jer 31,18).
La Magdalena penitente
Paolo Caliari
Museo del Prado (Madrid)