Nació en Aquino (Italia) en 1225. Hijo de los condes de Aquino, su infancia transcurre en la abadia de Montecassino, donde canta salmos y aprende las artes liberales con los monjes de San Benito. Ya a la edad de 7 años preguntaba insistentemente a los monjes: «¿Quién es Dios?». El daría un día cumplida respuesta… A los 20 años tomó el hábito de Santo Domingo.
Su madre, Teodora de Theate, de carácter dominante e impositivo, viendo que su hijo no seguía los caminos que ella quería, lo mandó detener camino de Bolonia y dispuso que se le encerrase en una torre del castillo de Nápoles. Su hermano Rainaldo, de vida galante y costumbres mundanas, somete a su hermano Tomás a una extraña prueba. Le envía a la torre a una joven licenciosa. El santo, según la vio, la hizo huir con un tizón encendido.
Estudió en París con san Alberto Magno, al que siguió en la cátedra. Tenía una memoria prodigiosa y una inteligencia profundísima, propia de los genios. Así construyó una sistematización teológica insuperable haciendo una refundición de la filosofía aristotélica y la teología cristiana.
Entre sus escritos destacan el Comentario sobre los Cuatro Libros de las Sentencias de Pedro Lombardo, Sobre la verdad, la Suma contra los gentiles y sobre todo la Suma teológica. Estas obras no son mito de una contemplación científica en soledad, sino de los vaivenes de disputas de escuelas y de una vida extraordinariamente movida.
Era teólogo pero también un místico. Estaba escribiendo sobre los sacramentos cuando tuvo una visión durante la misa en la capilla de San Nicolás de Nápoles. Quedó tan extrañamente afectado que, a pesar de las insistencias con que le urgían a que acabara las obras, no volvió a escribir. Dijo que todo lo que había escrito «le parecía heno». Murió en 1274 en el monasterio de Fossanova cuando iba al Concilio de Lyon. Su fiesta se celebra el 28 de enero.
La fe ilustrada. Tenemos un pueblo «piadoso» pero a la vez poco estudioso de Cristo. Tomás, con su vivencia y conocimiento de Cristo es una invitación al doble conocimiento de Cristo y su misterio. Hablando de Cristo dice: «No encontró Dios en su amor otro don más grande que darse a sí mismo».
A pesar de haber oído del mismo Cristo: «bien has escrito de mí, Tomás», al morir sometió todos sus escritos a la revisión de la santa Iglesia.
Durante siglos ha iluminado la vida y la ciencia teológica de la Iglesia.
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