Santo Tomás, apóstol de Cristo, es prototipo de los que se resisten a creer, pero sobre todo es modelo de los que, una vez que han sido iluminados en su fe vacilante, se adhieren a Cristo en la más intensa profundidad de todo su ser. Así expresó su re Tomás con aquellas palabras que valen lo que una vida, y que son como una profunda reparación de su increencia primera: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28).
Dice Jesús en otro pasaje: «Ya sabéis el camino para ir adonde yo voy» (Jn 14,4). A esto Tomás, espontáneo y directo, contesta: «No sabemos adónde vas, ¿cómo vamos a saber el camino?». Y Jesús le responde algo importantísimo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6). Añade Tomás: «Muéstranos al Padre y nos basta» (Jn 14,8). Tomás se na atrevido a pedirle una fulgurante manifestación del Padre… Jesús sigue hablando a los apóstoles y mostrándoles al Padre en sus catequesis.
La tradición —aunque es un dato no comprobable con testimonios históricos del todo fidedignos— le sitúa como primer evangelizador de la India. Su fiesta se celebra el 3 de julio.
Vive para creer. Conocido por la radical incredulidad con que se opone al testimonio unánime de los otros apóstoles que han visto al Señor, Tomás, el apóstol rebelde, repara su incredulidad confesando con todo su corazón la fe que antes no tuvo con unas palabras que expresan una hondura y adhesión a Cristo inigualables: ¡Señor mío y Dios mío!
La fe es don de Dios, y le puede faltar al apóstol y al evangelizador. El hombre, junto al obsequio que ofrece a Dios con su fe, ha de tomar como lema de su vida el dicho de «vive para creer». El nombre moderno, al haber abandonado el vivir la moral que enseña esa misma fe, termina por no creer en nada.
En cambio vivir intensamente lo que se cree y se predica hace del corazón del nombre una llama ardiente que enciende y abrasa las mismas entrañas o corazón del hombre. ¡Vive para creer!
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