La paciencia es la fortaleza de aquellos que saben esperar
Nuestro hijo debe aprender que no todas sus peticiones son de obligado cumplimiento.
Para ello, los padres (¡y los abuelos!) debemos aprender a decir que no. Ésta es una cuestión de equilibrio educativo, ya que no podemos pasarnos ni por exceso ni por defecto.
Si decimos que no mas de la cuenta a nuestro hijo…
• Se sentirá profundamente frustrado.
• Creerá que no vale la pena pedir.
• No confiará en la buena voluntad de las personas.
• Perderá su necesaria autoestima.
• Sospechará que no lo amamos bastante.
• Buscará donde sea a quien le diga que sí.
• Será un niño “quemado”.
Si decimos que no, menos de la cuenta a nuestro hijo..
• Se creerá omnipotente.
• No sabrá encajar las frustraciones de la vida.
• Puede convertirse en un tirano caprichoso.
• Deducirá que su voluntad no tiene límites.
• No tocará con los pies en el suelo; vivirá en un falso “mundo feliz”.
• Pensará que los que le decimos que no, no lo amamos.
• No sabrá convivir en grupo.
• Será un niño “mimado”.
Todos los extremos son malos y, como la mayoría de las veces, la virtud se encuentra en el punto medio. Los padres debemos aplicar la “técnica del pescador”: no podemos aflojar siempre el sedal, porque no pescaremos nada; ni podemos tirar siempre de él, porque se nos va a romper. Debemos tirar y soltar sucesivamente, con mano de artista y sentido de la oportunidad, muy atentos a la reacción del “pez”.
Es muy peligroso ceder por principio ante la impaciencia infantil, puesto que esta impaciencia puede tomar el aspecto de conducta airada e irritación manifiesta, exageradamente ostensible.
Así pues, pescar con caña es todo un arte y una lección de sabia oportunidad; pero lo es mucho más saber decir que no a nuestro hijo.
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