Debemos matizar: la libertad es peligrosa si anda sola y, por eso, no podemos desvincularla del resto de valores humanos que debemos transmitir a nuestros hijos.
Si apostamos por educar en la libertad como valor único o valor supremo de la escala de valores, puede ser que consigamos formar a un ser antisocial, incapaz de convivir con otras personas libres. La hipertrofia de cualquier valor es perjudicial, pero la hipertrofia de la libertad es fatal.
Debemos admitir que una persona libre crea más problemas a sus educadores que una marioneta a sus manipuladores. Si los padres queremos formar a seres libres (y, en principio, nadie debería desear lo contrario), tenemos que aceptar el riesgo de que “salgan libres”, en el sentido que puede ser que piensen distinto de nosotros, que su escala de valores sea otra o que sus ideales no concuerden con los nuestros.
Enseñar a ser libre es también enseñar a dudar, a aceptar el error, a no extrañarse de haberse equivocado, a aceptar las consecuencias de las propias decisiones, a saber corregirlas cuando haga falta, a arrepentirse, a pedir perdón (sólo puede pedir perdón quien ha obrado libremente), a respetar la libertad de los demás, a no ser libre a base de someter a otros, a trabajar para que todo el mundo sea libre…
Si nuestro hijo no se comporta de esta manera, será porque no habrá aprendido a ser libre.
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