Cada persona, cada familia, incluso cada grupo social, político o religioso establece su escala de valores. Para unos el honor es más importante que la vida; para otros el orden lo es más que la estética, o la creatividad artística prevalece sobre la convivencia familiar. Y resulta real y tópico que prevalga la vida sobre la bolsa, cuando sufrimos un atraco.
Tener una escala de valores significa que estamos dispuestos a sacrificar un valor que juzgamos inferior para que otro superior se conserve. Que uno sea preferente a otro es fruto de la educación, del ambiente, de la historia, e incluso de las circunstancias del momento.
Múltiples factores influyen en la apreciación o en la depreciación de los valores singulares. Podremos convenir que todo el mundo estaría de acuerdo en que es mejor el bien que el mal (¿quién se atrevería a decir lo contrario?), pero al concretar en qué consiste el bien y en qué consiste el mal vendrá la estimación de cada persona o de cada grupo.
Es necesario dejar dos ideas muy claras: primera, no podemos imponer a los demás nuestra escala de valores; y, segunda, necesitamos promoverlos todos para que nuestros hijos reciban una educación equilibrada, sin hipertrofias que deformarían su actitud positiva ante la sociedad.
A pesar de la conexión interna de los valores, alguno de ellos puede polarizarse de tal forma que perturbe la armonía del conjunto. Del mismo modo que sería nocivo para la salud abusar (decimos “abusar”) de un tipo de alimento o de deporte, o de ejercicio, también sería perjudicial potenciar exclusivamente un solo valor en detrimento del conjunto, y muy en especial en las edades de formación de la personalidad.
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