Para dialogar, las personas deben tener confianza en los demás
En un extremo, puede haber falta de diálogo por timidez, por inhibición, por falta de interés; y, en el otro extremo, puede darse también exceso de diálogo por charlatanería, por “hablar por hablar”…
Se malogra el diálogo si alguna de las personas participantes adopta una actitud de:
• Insolencia. Quien ofende por su manera de hablar, que ataca a las personas en vez de discutir las ideas, que desprecia en vez de valorar.
• Coacción. Quien se siente obligado, contra su voluntad, a decir, admitir o hacer algo; simplemente por imposición ajena.
• Desconfianza. Quien teme que, al expresar una opinión en grupo, se haga un mal uso de ella, o se deforme en perjuicio propio.
• Hipocresía. Quien se ve obligado a simular la aceptación o el rechazo de una idea por miedo a la discrepancia con el grupo y, como consecuencia, su posible descalificación o marginación.
Las personas tenemos que adquirir unas mínimas cualidades dialogantes; en caso contrario, es posible que tengamos un diálogo, pero un “diálogo de sordos”.
• Uno habla y el otro también, ¡pero a la vez!
• Uno habla y el otro no escucha.
• Uno habla y al otro le da igual lo que oiga (por lo tanto no escucha).
• Uno habla y el otro está pensando solamente lo que va a decir después.
• Uno habla y el otro piensa: No me harás cambiar; ¡ya puedes decir, ya!
• Uno habla y el otro no.
• Uno habla y el otro sólo piensa: ¡Qué equivocado está, el pobre!
• Uno habla y el otro sólo piensa: ¿Cómo voy a llevarle la contraria?
• Uno habla y el otro piensa: ¿Terminas de una vez?
En la vida no todo es diálogo
• Hay momentos de aprender en silencio.
• Hay momentos de “dialogar” con uno mismo.
• Hay momentos de obedecer.
• Hay momentos de protestar.
• Hay momentos de discrepar en conciencia.
• Hay momentos de aceptar la evidencia y morderse la lengua sin odio.
• Hay momentos de oponerse frontalmente a la injusticia.
• Hay momentos en los que la mejor defensa es la huida; y el silencio la mejor respuesta.
Aún en estos casos la actitud debe estar abierta al diálogo porque su falta siempre irá en nuestra contra. Precisamente por ello, debemos estar siempre dispuestos a intercambiar razonablemente nuestras ideas para cuando la ocasión lo permita, y buscar en todo momento una solución posible a través de una conducta dialogante. Si todos cedemos, todos ganamos.
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Para enseñar a dialogar hay que decir… |
Para enseñar a no dialogar hay que decir… |
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• ¡Habla, habla!
• Te escucho (y… escuchar). • En casa no hay temas prohibidos (y… practicarlo). • Yo creo que… • Es mi punto de vista, ¿qué te parece? • Hace mucho tiempo que se hace así, pero podemos cambiar. • Vamos a discutirlo con razones. • Es posible que me convenzas. • Vamos a pensarlo entre todos. • En esto tienes razón. • Y… creer lo que decimos. |
• ¡Cállate, cállate!
• ¡Escúchame! (y… no dejar hablar). • De esto en casa no se habla (y… practicarlo). • Esto es así, y ¡punto! • Ésta es la verdad. No se discuta más. • Siempre se ha hecho así y no vamos a cambiar ahora. • Esto ni se discute; es así y basta. • Siempre he pensado así, siempre. • Ya lo he pensado yo, ¿de acuerdo? • ¿Qué sabrás tú de esto? • Y… creer lo que decimos. |
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