Los derechos son la gran conquista de la humanidad para salir de la “ley de la selva”, según la cual el más fuerte devora al más débil. Yo tengo un derecho cuando los demás deben ayudarme a defenderme frente al más poderoso que yo. Reconocer un derecho es reconocer que la razón está por encima de la fuerza.
Mis derechos son obligaciones de los demás hacia mí; mis obligaciones son derechos de los demás sobre mí.
Pero hay que completar esta idea con otra muy importante: precisamente porque mis derechos son derechos y no obligaciones, puedo renunciar a ellos. Si yo no pudiera renunciar a mis derechos, se convertirían en obligaciones. Por ejemplo, conocer la posibilidad de renunciar legítimamente a mis derechos abrirá la posibilidad de que ceda mi asiento, justamente adquirido, a una persona mayor que está de pie en el vagón porque ha subido en una estación posterior a la mía.
El consumismo
En la educación de la justicia social, no podemos pasar por alto una reflexión en torno a la sociedad consumista en la que nos vemos inmersos y al valor opuesto de la reducción del consumo, tradicionalmente llamado austeridad o sobriedad.
Todos nos hallamos en una sociedad donde conviene crear constantemente nuevas necesidades para absorber la producción exagerada de bienes superfluos. Hay que tirar lo que todavía está en buen estado de uso porque se presenta un nuevo objeto para sustituirlo.
“Papá, mamá, ¡es que todos los de la clase lo tienen!” es la frase ritual con la que los niños intentan convencernos y a menudo lo logran. Aunque no podemos nadar a contracorriente, es verdad, sí que podemos reducir significativamente el ritmo de consumismo en la vida del hogar y hacer que en casa se viva el lema de las 3 R (reducir, reutilizar y reciclar).
Volver a valores humanos