Si observamos las características de la relación entre padres e hijos, veremos que es imposible que haya una amistad en el sentido pleno de la palabra entre tales personas.
La relación paterno-filial, en las dos direcciones, reviste una modalidad de amor distinto al de la amistad. La dependencia de los hijos, la diferencia de edad y experiencias, la ausencia de libertad en la elección, la jerarquización de la sociedad familiar originan otros vínculos.
Podemos suponer que, si los hijos son mayores, independientes y económicamente autónomos exista la posibilidad de que esta relación pueda convertirse en algo muy próximo a la amistad.
Sin embargo, mientras los hijos viven en el hogar paterno, los padres debemos ejercer precisamente de padres, misión harto comprometida y de enorme responsabilidad.
La mejor manera de educarlos en la amistad será que vean las relaciones que nosotros tenemos con nuestros amigos; será el método educativo óptimo para este valor.
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