No todo es prudencia y se puede malograr una actitud prudente tanto por defecto, como por exceso.
Por defecto, es posible caer en una actitud imprudente siempre que se actúa de forma precipitada, desconsiderada, negligente o con temeridad.
Por exceso, en cambio, también se puede ser imprudente si se actúa con malicia, cobardía o se muestra una previsión desproporcionada.
Una vez más, el verdadero valor se encuentra en el punto medio. A mayor riesgo, mayor prudencia.
Imprudencia por defecto
• Por precipitación. Cuando no nos paramos a pensar lo suficiente para poder ver si los medios son adecuados, correctos y justos.
• Por temeridad. Cuando despreciamos el uso de los medios que nos guardarían de peligros innecesarios.
• Por desconsideración. Cuando no atendemos bastante a las circunstancias y actuamos como cegados por principios absolutos.
• Por negligencia. Cuando no prestamos atención a los detalles durante la ejecución de una acción; esto hace que el resultado desmerezca las mejores intenciones.
Imprudencia por exceso
• Por engaño o malicia. Cuando planeamos y usamos unos medios eficaces, pero éticamente no correctos, que violan los derechos de los demás.
• Por previsión desproporcionada. Cuando queremos excluir toda posibilidad de error o de fracaso. Esto es muy propio de los indecisos, que quieren dejarlo todo tan atado y bien atado que, al final, no hacen nada.
• Por cobardía o pusilanimidad. Cuando no se ponen en práctica aquellos medios que sabemos que son necesarios y oportunos porque prevemos que nos causarán inconvenientes. Ser prudente exige, en ocasiones, ser valiente, comprometido e incluso arriesgado.
Volver a valores humanos