Urbanidad dentro y fuera de casa

Los buenos modales no se improvisan
Todos los padres tenemos la justísima ambición de que nuestros hijos sepan comportarse adecuadamente en público y que no nos sintamos avergonzados por su forma de hacer o de hablar. Es en el hogar donde se puede llevar a cabo un aprendizaje lento y constante que después dará su fruto, puesto que los buenos modales no se improvisan.
Y en ningún momento nos referimos a refinamientos palaciegos o de protocolos complicados, sino a situaciones normales, que deben formar parte de los actos reflejos que se han ejercido habitualmente en el medio familiar; sólo así se manifestarán con naturalidad en cualquier situación y ambiente.
En el ambiente familiar o de amistad, podremos y deberemos relajar la práctica de muchas normas sociales; de no hacerlo, crearíamos un ambiente sumamente incómodo, encorsetado, falso. Pero en el preciso instante en el que pisamos la calle, accedemos a un local público o entramos en casa ajena tenemos que cambiar el registro y adoptar una conducta adecuada a la nueva situación. Ni podemos entrar en pijama en el teatro ni tomar el desayuno diario en la cocina de casa en traje de corte. No resultará difícil que nuestros hijos lo comprendan perfectamente.
La ignorancia de los usos y costumbres de un colectivo crea desasosiego y una sensación de inferioridad muy desagradable en quienes tienen tal desconocimiento.

La urbanidad no es hipocresía
Nuestros hijos pueden decirnos que ven la urbanidad como una mentira social y que prefieren ser sinceros, espontáneos y naturales.
Habrá que convencerlos, sobre todo con nuestro ejemplo y palabras oportunas, de que podemos cumplir perfectamente con las costumbres corteses y ser a la vez sinceros, espontáneos y naturales. La única forma de convivir es respetar unas ciertas convenciones que hacen posible que el trato humano, la vida en definitiva, sea más agradable.
De hecho, la persona que conoce lo que debe hacer en cada ocasión, puede actuar con un margen enorme de espontaneidad, y cuanto más asimiladas tenga estas costumbres, las podrá practicar con mayor naturalidad. Y, en relación a la sinceridad, es cuestión de que “quieran” que estas fórmulas de convivencia sean expresión del respeto interior hacia los demás.
En definitiva, la constancia en la práctica de la corrección social creará en nosotros unas costumbres que, a su vez, harán esta práctica más fácil, más natural, más espontánea y más agradable. O sea, todo lo contrario de la hipocresía o la artificialidad.

Cara y cruz de la espontaneidad
Con frecuencia leemos o escuchamos entrevistas con personajes famosos en las que afirman que lo que aprecian más en una persona es la sinceridad. Parece que el valor supremo de la vida lo poseen los que son sinceros.
Si entendemos sinceridad como naturalidad, ausencia de afectación, hay que estar de acuerdo en que es un valor que debemos cultivar en nosotros y en nuestros hijos. Las poses y palabras que alguien emplea para aparentar lo que no es y quedar bien en la foto son juzgadas como expresiones ridiculas, que desmerecen a quien las manifiesta.
Sin embargo, si tomamos la sinceridad como carencia de autocontrol en la relación con los demás, entonces debemos concluir que la persona espontánea es un peligro para la convivencia social. La vida comunitaria está basada en la necesaria autorrepresión de las conductas nocivas o sencillamente molestas hacia los demás. No podemos decir o hacer todo lo que espontáneamente nos salga de dentro; la sociedad volvería a la jungla.
Nos humanizamos en la medida en la que controlamos nuestra espontaneidad.

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Oraciones y plegarias

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